No hay mal que por bien no venga.

El viernes en la tarde entra una llamada. Es Rodolfo, el organizador del evento Summit; él me pide que hable sobre la actualidad del branding y yo inevitablemente me siento joven, a la moda y halagada. ¿Qué voy a decir? Entonces viene a mi cabeza la reunión del miércoles con uno de mis clientes más jóvenes (yo podría ser su madre y creo que a veces actúo como tal). Estábamos en un restaurante de la ciudad, comiendo comida orgánica y escampando de un torrencial aguacero bogotano. F, me pide expresamente que no haya nada distintivo en la gráfica (¿no nos han dicho que el branding es justamente todo lo contrario?) No hay que diseñar logos, no hay que elegir pantones, no hay que hacer texturas. Hay que entregar un concepto visual que contemple unos valores de filtros para instagram, una identidad de edición en fotografía para las imágenes de redes sociales y una estrategia que aclare las categorías de contenidos. Mi cliente me pide que rompa las reglas. Mi cliente me pide que abra mi percepción. La reunión termina. Y gracias a él y a ese extraño encuentro, tengo el tema de discusión para mi próxima charla.


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